Lo admito. He nacido en la Era de la Información y estoy orgulloso de ello.
Mis padres y mis abuelos me hablan de su infancia, y los instrumentos que pueblan sus palabras se pueden resumir en los siguientes: herramientas del campo, juguetes de madera y lo complicado que era vivir en una Galicia posfranquista. Mi padre me habla de la escuela de entonces, y recuerda aquel libro del sistema educativo del dictador que servía para todo y para todos (y dios te salve de decir lo contrario, todavía me advierte en broma).
La transmisión del conocimiento es una de las ciencias humanas más antiguas y probablemente una de las que más fascinación han provocado en mi pequeño cerebro. Cuando mis familiares me confiesan sus recuerdos me imagino algo parecido a cuando me hablaban de Nueva York-hasta que fui-pero a la inversa: Otro mundo.
A veces practico el sano ejercicio de contarle a mis padres mi propia infancia (ellos estaban ahí, pero oh, vamos, no saben los pormenores) y en el momento en el que les explico que los instrumentos que me vienen a la cabeza son, primero, los libros (muchos, y de muchos colores, desde pequeño) y… los ordenadores no les causa sorpresa alguna.
Yo crecí entre los primeros soplos de vida del Windows 95. Recuerdo aquella pantalla verde mate (o azul eléctrico, a veces) y los juegos de Inicio como algo traído-al igual que Nueva York, antes de ir- de otro planeta. Por aquel entonces las máquinas de la biblioteca (no podría haberme permitido un ordenador a los 6 años, era un juguete demasiado caro y poco serio, en palabras de mis padres) corrían a unos pocos megahercios de potencia, tenían una memoria caché ínfima, la RAM llegaba, con suerte, a los 64mb y si el Disco Duro tenía 4 gigas de capacidad (lo que hoy tiene un DVD, o la tercera parte de un Blu-Ray) era la releche en patinete. En aquel momento, las cosas todavía se podían almacenar en disquetes (hoy ya no existen).
Me sentía todo un experto instalando y desinstalando los juegos de la biblioteca. Juegos de matemáticas, de aventuras… Recuerdo cuando pusieron los primeros terminales NT.
Windows NT-que nunca acabé de entender para qué sirvió desarrollar semejante producto-lanzaba al estrellazo el Netscape. La autopista del .com, la revolución de la comunicación. Recuerdo la primera página web que visité con él. Una web que se anunciaba en Pokemon, una de esas series (como es ahora Ben 10) que marcaron mi infancia mediática.
Mis padres no saben encender un ordenador. Y cada vez que les hablo de tecnología hacen esa cosa que tan bien saben hacer los padres de hacer como que te escuchan sin tener ni idea de lo que estás diciendo.
En términos de la academia decimos que yo soy un Nativo Digital, ya que he nacido prácticamente con el ordenador bajo el brazo, y ellos han caído en el Digital Gap, pues la sociedad no les ha dado la oportunidad de integrarse en este nuevo lenguaje del multitasking, la web 2.0 y demás conceptos que les suenan a OVNIS.
Antes de los años 90, con la revolución del ordenador, y de los años 40, que introducía el lenguaje audiovisual-que ahora ha de ponerse de acuerdo con el multimedia-la principal herramienta de comunicación era la escritura. Desde los primeros ideogramas del año 500 A.C. (meros objetos con imágenes que representaban ideas, como el lenguaje oriental) hasta la revolución Gutenberg, la letra-en diferentes niveles, usos y capacidades de entendimiento por parte de la población en cada época-era el principal lenguaje de comunicación que tenía la sociedad.
Evidentemente, en la Grecia clásica había poca gente que podía leer, y de esos pocos, tan solo algunos entendían las implicaciones reales de lo que estaban leyendo (de ahí eso que en comunicación política llamamos la democracia de cuatro. Los cuatro que sabían leer y convencerse mutuamente gobernaban). La escritura nació como un mero método para compilar datos y que no se perdieran en el transcurso de las generaciones; pero mientras ahora consideramos esta práctica, a veces, como un arte, en aquel entonces se consideraba casi una ofensa, un mero método. El verdadero arte estaba en la poesía, en el descubrimiento de la naturaleza a través de la transmisión del conocimiento-de maestro a discípulo, de poeta a audiencia, de filósofo a alumno-, pero siempre mediante la oralidad y la convivencia.
Es importante señalar que a pesar de todas estas diferencias entre épocas, el concepto de Digital Gap se ha vuelto ahora manifiesto de una forma mucho más súbita y preocupante. Antes hablaba sobre Pokemon como una de las series que habían marcado mi infancia. Mi infancia está marcada por otros productos mediáticos. Desde pequeño-con mayor o menor acierto- he recibido una educación mediática. Una Alfabetización Mediática por parte de los medios de comunicación que me rodeaban.
A mis abuelos les cuenta entender lo que es y supone la ficción. “Eso en la realidad no pasa, eso es mentira”. No disfrutan de la ficción, a excepción de alguno de esos momentos cómicos que parodian una realidad cercana a la suya. Sin embargo, cuando yo tenía 10 años grabé mi primera pieza de ficción (era una copia barata de Star Wars, la localización era en el bajo de un amigo y la banda sonora era inexistente. Mi cámara no tenía la posibilidad de grabar sonido. Si alguien se atreve a buscar por youtube Alita’s Wars, se puede reír un buen rato. Es más, os lo copio aquí).
Todas estas reflexiones sobre mi vida cotidiana ponen de manifiesto un hecho: Las diferentes revoluciones tecnológicas están transformado la forma en la que nos relacionamos con el mundo y la manera en la que crecemos; y hay ciertos grupos de personas-generalmente (aunque no siempre) los más mayores-que no han crecido con este nuevo tipo de metodología. Este es uno de los objetivos de la Alfabetización Mediática: ayudar a estas personas a superar el Digital Gap. El otro es educar a las nuevas generaciones para que adquieran una conciencia crítica de los medios de comunicación.
Aquí es donde entramos los periodistas (aunque al Digital Gap y mis experiencias como formador de Inmigrantes Digitales volveremos más adelante).
Desde que Hitler intentó conquistar el mundo y que Goebbles lo ayudó, los gobiernos de todos los países del mundo han sido conscientes, en mayor o menor medida, del enorme e innegable poder que tienen los medios de comunicación en las personas. Especialmente las que hayan recibido una formación más débil o las que no conocen del todo bien el lenguaje audiovisual. No se equivoquen, de conductista tengo poco-aquellos que hayan leído mis exámenes de teorías de la comunicación sabrán que tengo a Henry Jenkins en mi boca todo el tiempo para contestar a aquellos que desprestigian la utilidad de los nuevos contenidos mediáticos, por otra parte de baja calidad. De lo que quiero hablar cuando digo esto es del importante esfuerzo que han hecho los gobiernos de todo el globo por crear su propio tesoro mediático e intentar transmitir mediante su contenido unos valores considerados como válidos en cada sociedad, con el objetivo de hacer crecer a las nuevas generaciones en un entorno sano con las herramientas del presente y del futuro.
Que la industria mediática forma parte de la educación de los niños es un hecho suficientemente probado por teóricos como Jose Ignacio Aguadet en su texto “La educación de los medios de comunicación en el ámbito Europeo”, donde el autor hace un repaso a, precisamente, las diferentes y numerosas organizaciones creadas por los gobiernos para asegurar una alfabetización mediática de primer orden.
No entraré en profundidad sobre los detalles de este texto, que en mi opinión es una gran aportación en el sentido que sirve como prueba de lo que realmente se hace desde la administración y en ocasiones no se ve, pero me interesa más hablar de las implicaciones de aquello que prueba.
De todos estos esfuerzos, a la Alfabetización Mediática y a los periodistas nos surgen muchas preguntas. ¿Cómo podemos utilizar estos nuevos instrumentos para educar a las nuevas generaciones? ¿Qué tipo de contenidos queremos que utilicen? ¿Nos sirve con una mera copia del libro en papel en libro digital? ¿Es el multitasking una concepción útil a la hora de asimilar conocimientos humanitarios? ¿Podremos convivir con la pizarra de tiza y borrador una vez hayamos convertido a estas en digital? ¿Querremos hacerlo?...
No tengo respuesta para todas estas preguntas, pero espero poder tener una opinión mejor formada al final del curso.
Ante este reto del periodismo, surge el otro reto de la sociedad relacionado con la Alfabetización mediática. ¿Qué supone para un inmigrante digital de 50 años encontrarse frente a un ordenador? ¿Qué tipo de problemas afronta en su vida diaria una persona que no sabe utilizar el e-mail?
A esto sí puedo tener respuesta. Una persona que no sabe cómo utilizar el correo electrónico no puede buscar trabajo por internet (el lugar donde, discutiendo la calidad de la oferta, más ofertas de trabajo hay). Una persona que no tiene una dirección de correo interactivo no puede hacer la declaración de la renta de forma rápida y segura, ni puede pagar recibos a través de la Banca Electrónica, ni puede comprar un billete de avión. Una persona que no tiene e-mail, en una universidad, no tiene apuntes.
Antes, saber escribir hacía que las personas ganaran autonomía, ahora, saber utilizar ordenadores es la nueva forma de adquirir esta autonomía.
El año pasado formé parte de un proyecto de Alfabetización Digital impulsado desde Barcelona Activa y la UAB, el proyecto Cibernàrium, del cual he ganado unas cuantas experiencias gratificantes, tanto como persona, profesor y periodista.
Cibernàrium se organizaba en una serie de 10-12 cápsulas cuyos contenidos iban aumentando en complejidad e importancia a medida que el alumno las iba superando. En la primera cápsula se explicaba lo que era el teclado y el ratón, mientras que en la última me emocionaba explicando las maravillas sociales que en la teoría puede conseguir Facebook (y las peligrosas adicciones que esconde) o cómo Xing, Twitter o LinkedIn les podrían servir para hacer networking empresarial y, quizá, encontrar un nuevo trabajo.
Las experiencias más divertidas ocurrían en la primera cápsula. ¿Cómo explicaría usted a una persona que jamás se ha detenido mínimamente a ver un ordenador (y que, además, muy posiblemente, le tenga miedo) lo que es un teclado y un ratón?
No es tan fácil, ¿eh? Si, si. El teclado sirve para escribir. ¿Pero como explicas lo del ratón? ¿Y por qué tiene nombre de animal…?
Estos conceptos que, a mí, nativo digital, se me antojaban obvios y evidentes, a aquellas personas mucho más sabias que yo en cuanto a experiencia vital (y así me lo pagaban muchas veces, en mostrarme pedazos del pasado) y, a menudo, en complejas ciencias (en una ocasión le di clase a un viejo empresario catalán que hizo, en su época de mozo, varios masters en EEUU) les resultaban absolutamente extranjeros e interplanetarios.
¿Ha adivinado ya cómo podría explicar a un Inmigrante Digital lo que es un teclado o un ratón? Je, yo lo hacía de la siguiente forma: El ordenador es como un cuerpo humano. Tiene diferentes órganos que le sirven para funcionar correctamente. La torre es el cerebro. El ratón nuestras manos, la pantalla los ojos y el teclado es el diccionario que utilizamos para comunicarnos con él, ya que habla otro idioma.
Algunos de los problemas más comunes que encontraba con mis alumnos estaban relacionados con meros conceptos físicos (hay quienes cogían el ratón como quien coge una cuchara, o que escogían moverlo por la pantalla en lugar de utilizar la superficie de la mesa), sin embargo, en donde siempre surgía la duda, lo que más les costaba aceptar, era la mentalidad con la que se trabaja en un ordenador: El concepto multitasking.
El truco de magia favorito de los inmigrantes digitales es el botón minimizar. Comprender que cuando dejamos algo en la barra de tareas, no se ‘va’. Sino que está ‘ahí’. ¿Ahí… donde? Ahí. En forma de bits. ¿En forma de qué? No importa. Clique, ya verá como le vuelve a aparecer lo mismito que tenía usted antes. *click*. Uala!
Y cuando hacíamos un minimizar y abríamos el Firefox, aquello ya era otro universo. Resulta que uno podía escribir… y navegar al mismo tiempo. ¿Pero para qué? Yo cuando leo un libro en papel no me pongo a cocinar… pero en el ordenador se supone que tengo que cocinar mientras leo, o tardaré el triple en hacer todo lo que tengo que hacer.
Podría escribir dos libros sobre el proyecto Cibernàrium, que está probando tener mucho éxito en Barcelona y cuenta, cada vez, con más puntos en donde tomar las cápsulas (ahora extendidas por toda la ciudad condal gracias al acogimiento de las bibliotecas. Los templos del libro de lomo ahora también alfabetizan digitalmente. Qué remedio.), pero lo que me interesa destacar es el cambio de paradigma y de modo de pensamiento que implica el hecho de hacer muchas cosas a la vez en lugar de hacer tan solo una. Según para qué cosas es útil. Según para qué otras (como para leer literatura) me parece un sacrilegio. Pero eso ya es cuestión de cada uno y su ética digital.